EL TEMA DE LAS MIRADAS – O: La Prostitución del narcisismo - O: Reflexiones a los 50
Se dice desde el psicoanálisis: “Uno es por la mirada del otro”.
Es así que el bebé puede conocerse, tener una noción de sí mismo por vez primera, cuando su madre lo sostiene frente al espejo, y al verla, la reconoce, y por lo tanto, re-conoce a ese niño que ella sostiene, es decir, a sí mismo.
Creo sinceramente que algo de esto sucede, y he tratado de demostrármelo empíricamente cada vez que puedo, es decir, con mis dos hijas, siendo bebés, y hoy día, con mi nieta. Pude comprobar el alborozo, el gozo de estas tres niñas todas las veces que hacía este ensayo. Y, ni que hablar, comprobar el mío. (Mi gozo y mi yo).
Hoy se me ocurrió reflexionar acerca de lo que somos luego, a partir de esas miradas. Infiero que seguramente, en la medida en que uno se va haciendo grande, puede adquirir mecanismos para conservar, por decirlo de alguna manera, las diferentes miradas aportadas por el/los otros a lo largo de su vida, y contrastarlas con la suya propia, la que pudo ir construyéndose, es decir, la que ve hoy en su espejo. Parece simple, no? Pues no. No lo es, en absoluto.
Depende seriamente de esas primeras miradas recibidas en la más tierna infancia, la capacidad de mirarse, por lo menos, con cierta benevolencia. Y ni te cuento la de mirar a los otros con alguna (benevolencia). Eso es cierto. Pero hay más.
Un amigo me arrimaba aquél cuento tan lindo del tipo que quiere cruzar un pequeño arroyo y le pregunta a un niño que se encuentra en la otra orilla: “cómo hago para llegar al otro lado”, y el niño con su “lógica inapelable” (cito a mi amigo Gustavo), le contesta: “ya estás del otro lado”. Esa cuestión del punto de vista desde el lugar donde se mira. Es lindísima esa historia. Y viene a cuento.
También es muy lindo y elocuente aquél cuentito del cachorro que entra a un lugar donde hay mil cachorros como él, y sonríe, y le sonríen, y se siente bien y tiene ganas de volver a ese lugar todo el tiempo. Pero hay otro cachorro que entra, tiene miedo, no sólo no sonríe sino que ladra, amenaza, y los otros mil como él le ladran y amenazan también. Y no quiere volver a entrar jamás, nunca. Sólo que, la gracia del cuento, es que, al salir, en ambos casos, alguien pudo comprobar que dentro sólo había miles de espejos. Y no miles de otros cachorros.
La cuestión es: siempre miramos al otro en función de nuestras necesidades, de nuestros sentimientos. Siempre. Si en esa díada tan especial madre-hijo se produjo algo más que una mirada plagada de necesidades mutuas, si hubo un genuino y generoso don (la capacidad de dar lo que no se tiene), probablemente esa madre y ese hijo se mirarán a sí mismos, en el devenir del tiempo, con un narcisismo un poquito menos prostituído. Por ejemplo, no trataremos de hacer las cosas bien buscando la sonrisa de los otros; y tampoco miraremos una imagen desoladora de nosotros en el espejo; y hasta discerniremos, en el acierto o en el error, una cierta realidad con respecto a quienes nos rodean:. “Yo soy éste, y ese que mira, además de poner en marcha sus necesidades, también me mira a mí. Y quizá: “Ese que está ahí, más allá de lo que necesite de mí, o de lo que yo quiera pedirle, es de tal o cuál modo”.
Es bien complejo lo que trato de plantear. Se trata de una sucesión de imposibles.
Es imposible el conocimiento de alguien. Sólo existen aproximaciones, extremadamente teñidas por las (peores) aproximaciones que tenemos de nosotros mismos.
Es imposible actuar independientes de la(s) miradas ajenas. Y uso la palabra “ajena” a propósito, aunque podría decir: de la(s) miradas de los otros. Se vale, también, como dicen los adolescentes. Es que quería referirme al otro en nosotros, a ese otro, a esa otra parte, a esa “ajenidad” que puede por momentos disociarse: Apartarse y mirar, “como me miraba mi madre, como me miraba mi padre, como me miraban mis amigos en la más temprana infancia, como me miraron mis maestros, abuelos, jefes, compañeros de militancia”. Sucede que a veces ese “otro” es fiscal, a veces juez, a veces abogado defensor, y a veces, muchas, ausente.
Desde todo este enredo que intento esbozar aquí, es que surge la siguiente afirmación: Uno sigue siendo, siempre, por la mirada del otro. Tercer imposible: conocerse a uno mismo. Aquél griego se equivocó. (Digo, por aquello de “conócete…”).
Entonces, cuando se trata de épocas narcisísticamente fructíferas, cuando somos niños bien investidos, alumnos queridos, parejas amadas, madres o padres idealizados por los hijos, pacientes (por qué no) narcisidados por ese amor analítico que cuando se da, te la voglio dire, en esos tiempos producimos, gozamos, honramos la vida como le gusta decir a algunos. Sentimos que ligamos bien. Hasta culpables, nos sentimos a veces.
Ahora, cuándo crecen nuestros hijos, no tenemos una pareja, ya no tenemos pacientes, nuestros padres no están más, y los amigos, los compañeros, todos en la misma, salen corriendo ante ese cachorro que ladra porque tiene miedo, entonces, agarráte Catalina, pero agarráte fuerte, porque el espejo se tambalea como en el medio de una gran resaca. Te emborrachaste de amores, de muchos, te quisieron mucho, fuiste muchas cosas, pero ahora estás sobrio y sin los benéficos efectos de esa borrachera de amor. Tratando de controlar el espejo para que el vaivén no te maree más, y puedas intuir algo de la imagen proyectada. Y comienza la terrible prostitución narcisística: actuar para que el otro me quiera, para que me quiera más, para que me escuche, para que me entienda, para…Jooder!, dijera Manolo.
Si es así de difícil la cosa con el otro que llevamos dentro, lo qué será con el otro próximo, mi prójimo. Ya decía uno: “Ama al prójimo como a ti mismo”. Ese también se equivocó, como el griego de antes. Qué cosa difícil, ché… ¿Estará el narcisismo de mi prójimo tan prostituído como el mío? ¿Hace lo que hace para que yo lo ame, o así es él? Cómo hago para amarlo mejor? Y, para complicarla un poquito, desde qué orilla estoy mirando? (¡Mejor me voy!).
En fin, como decía mi abuela: “m’hijita, mejor no pensar”. (Aunque, para ser justa con mi abuela, yo creo que ella trataba de decirme “chiquita, no te preocupes, está todo bien”, y seguramente no era de estas cosas de las que hablábamos, diosnoslibre! Pero que conste: es a una de las pocas personas a las que yo le creía todo; todo menos eso, porque me la pasé pensando, siempre; quizá por eso produciendo poco). Me parece, además, que si pudiera hablar hoy con ella, (¡qué magia, qué magia tendría esa conversación!), creo que le diría: “Sabés que pasa, abuela, que si no pienso, no entiendo, y si no entiendo, me vuelvo loca. Y vos, caramba, no vas a estar más aquí para cuidarme”.
Montevideo, 16 de octubre de 2008
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