Anécdota: Una mujer, preparándose para un encuentro. Cancela todas sus actividades, incluida la promesa de buscar a su nieta para llevarla a pasear, con la desilusión que esto conlleva para una pequeña niña de tres añitos. Con la justificación de que es “justo y necesario”. La abuela lo necesita. Mucho.
Se viste, se acicala, en medio del nerviosismo y la ilusión más intensos, su miedo y su deseo privando sobre todo sentido común. La expectativa, el resurgimiento de emociones intensas, guardadas por años en algún lugar del alma. Se esperanza….
Ahora sí, ahora encontrará lo que tanto anheló desde el comienzo de su vida de mujer, desde aquella vez, con escasos 20 años y monedas, en que se enamoró de un ideal, con espantoso desenfreno. Desde aquella vez, en que, durante, también escasos 30 días, vivió dentro de la montaña rusa más despiadada, la que le causó tanto miedo, tanta adrenalina, tanto placer, tanta desilusión. Ni siquiera recuerda en qué orden. Tanta cosa, en realidad…
El encuentro dura poco, poquísimo. Tiene frente a sí a un hombre intenso, más que interesante, que habla sin parar y casi sin escuchar (se regodea en hablar de sus defectos y virtudes); expone, crudamente, sus necesidades, sin atisbo de ternura. Quizá con un toque “amigable”, ciertamente. Expone su deseo, y sólo necesita confirmar que del otro lado hay alguien que siente lo mismo, y que está dispuesta a dar cualquier cosa con tal de obtener algunos minutos de…sexo? No, seguro que no de sexo. Nunca sabrá, a ciencia cierta, cuáles son las necesidades reales de este hombre, que ciertamente le gusta, la interpela, le provoca cosas. Pero que carece de la sutileza necesaria para conquistarla del todo. Nunca sabrá si ese hombre pudo siquiera intuir cuáles pudieran ser “sus” necesidades. Las de ella. Quizá tampoco “sus” necesidades. Las de él. No hubo tiempo. No hubo “necesidad”. Narcisismo y fobia, inseguridad y megalomanía, todo desplegado en un ratito. Y alguna carcajada de ambos, algún momento de despiadada seducción (también de ambos).
A escasos 40 minutos, tolera silenciosamente que el hombre se levante sin aviso de la mesa de café que los alberga; que se vaya prácticamente corriendo. Actividades, previstas. Previstas por él, con absoluta ignorancia por parte de ella. Convencido, creo, que había sido suficiente, que “ya está”, que ella lo esperaría siempre, porque él se lo merece, es casi un premio para una mujer. Será que fue eso lo que él pensó…lo que sintió? La duda quedará ahí, por siempre.
Nunca, en mucho tiempo, se sintió tan sola, ni tan triste.
Piensa: “estuve a punto de cometer el peor error luego de tantos años de aprendizaje de vida.” Por las razones que sean, la invade un sentimiento de dolorosa paz. Se queda un rato sola, sale sin rumbo, fuma un anhelado cigarrillo, y vuelve a su casa, triste, dolida y en paz. Esa paz de los sepulcros, quizá; pero, más que nunca, segura de lo que quiere. O, por lo menos, de lo que no quiere.
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- 2 -
Con la seguridad (y el engaño que ella conlleva), puede decir algunas cosas de sí:
Sabe que es básicamente buena.
Sabe que no le gusta la transgresión, en ningún aspecto de la vida.
Sabe que no tolera la infidelidad, ídem.
Sabe que, en cualquier circunstancia, aún la más demoledoramente excitante, necesita la ternura.
Sabe que la clandestinidad es algo que conoce bién, que soportó obligada durante años, y no le gusta. Desde el momento en que pudo ser libre, en que muchos pudimos ser libres, supo que no se embarcaría nunca más en una actividad clandestina, de ninguna índole.
Sabe que se está más sola que nunca cuando quien esta con ella habla mucho de sí, y no le pregunta nada. Lo sabe familiarmente, profesionalmente; lo sabe porque lo ha vivido a diario durante tantos y tantos años: escuchar, sonreír, tolerar el silencio propio, porque de eso
se trataba, en general: escuchar las necesidades de otro. Las suyas, postergadas, las escuchaba en silencio. Era necesario. Era esa la tónica. Era bueno que así fuera, para ambas partes.
Existen, sin embargo, otros recuerdos. En las poquísimas situaciones en que eso no sucedía; en las cuales las pautas eran otras. Era cuando surgía el enamoramiento, el deseo, la ternura. Esas poquísimas situaciones que se parecían al amor. Y siempre, siempre busca recrear eso: el vibrar al unísono, con ternura, con disfrute de contar con el otro, siempre, incondicionalmente, palenques mutuos donde rascarse. Mutuos. Al unísono. Y la protección… esa cosa inefable que, sumada al enamoramiento y la idealización, provocan la magia de estar, de sentirse viva, plena, casi feliz.
Nada de eso que puede tibiamente recordar sucedió en la Ciudad Vieja esa tarde con lluvia finita, con expectativas enormes, con desilusiones que lo fueron más.
Por suerte, quizá, tuvo la posibilidad de recordar cómo es, y qué cosas quiere. La posibilidad de seguir siendo fiel a sus convicciones, a sus imposibilidades, a su indeclinable renuncia al placer en aras de esa poca sabiduría de sí misma, que siempre sabe más.
Vade retro….
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Acabo de leer esto q escribiste hace unos dias.... te descubri en orsai, vi q eras orientalisima, como yo.... q mas o menos debemos tener la misma edad... medio siglo?
ResponderEliminarMe identifiqué totalmente con todo esto q decís desde dentro.... tenés razón... estos pequeños apuntes alivian tu alma y tb la mía cuando los leo.
Un abrazo cómplice